El camino inmortal (originalmente Immortelle randonnée, 2013) no es una guía de viaje ni un manual espiritual al uso sobre el Camino de Santiago , sino una de las crónicas literarias más brillantes, ácidas y sinceras que se han escrito sobre la experiencia jacobea contemporánea.

Su autor, Jean-Christophe Rufin —médico, diplomático de prestigio y miembro de la prestigiosa Academia Francesa—, relata en primera persona los más ochocientos kilómetros que recorrió en solitario a lo largo del Camino del Norte y el Camino Primitivo hacia Santiago de Compostela.
Durante nuestras primeras etapas por el Camino del Norte nos cruzamos varias veces con Friederick y Anne Laure y entre las habituales conversaciones descubrimos un gusto por el slow mountain y la literatura de viajes. Ellos nos recomendaron este libro que hemos leído a la par del camino.
Rufin decide un buen día calzarse las botas y colgarse la mochila sin una motivación explícita, ni puramente religiosa ni místicamente declarada. Lo que comienza como una dura marcha física a través de las costas vascas, cantábricas y los bosques asturianos se convierte, a golpe de zapatilla, en lo que él define como una «alquimia del tiempo sobre el alma» A diferencia del masificado Camino Francés, Rufin opta por la exigencia y la relativa soledad del trazado norteño, un escenario que utiliza para desplegar una mirada sumamente lúcida sobre el mundo, el cansancio y el despojo de lo superfluo. Rufin no sigue escrupulosamente el Camino del Norte, sino que a la salida de Avilés se decanta por continuar hacia Oviedo y terminar por el Camino Primitivo.
Entre los puntos fuertes del libro destacaría:
Un sentido del humor único e inteligente: Rufin huye del misticismo empalagoso. Retrata con una ironía deliciosa las pequeñas miserias del peregrino: los dolores físicos, los ronquidos en los albergues, las excentricidades de otros caminantes y las contradicciones de la «industria» en la que a veces se convierte la ruta.
Crónica de desapego: Es fascinante cómo describe el proceso psicológico del caminante. Al principio, la mente está llena de preocupaciones del «mundo real» (la política, el estatus, las obligaciones); tras unos cientos de kilómetros, el universo del autor se reduce a lo verdaderamente crucial: la próxima fuente, el estado de sus pies o encontrar un lugar para vivaquear.
Calidad literaria excepcional: No estamos ante un simple diario de ruta. La prosa de Rufin es elegante, sobria, culta y cargada de agudas reflexiones filosóficas sobre el espacio, la prisa y la sociedad moderna.
Conexión especial con nuestra aventura: Al haber recorrido nosotros mismos el tramo entre Bayonne y Ribadeo, este libro nos resulta dolorosamente familiar y reconfortante. Rufin describe a la perfección ese paisaje asturiano «rompepiernas», la belleza salvaje del litoral, la entrada a las villas marineras y esa constante batalla entre la naturaleza indomable y las grandes autovías que a veces rasgan el entorno. Nos resultan muy familiares sus opiniones sobre el tramo francés, el tratamiento que hacen del camino en Euskadi y la diferencia radical con Cantabria.
Para aquellos lectores que busquen un relato puramente espiritual o una apología devota del milagro jacobeo, el escepticismo inicial y el tono a veces mordaz de Rufin pueden resultar chocantes. Sin embargo, es precisamente esa honestidad brutal lo que nos encanta del libro. Rufin no idealiza el Camino; lo sufre y lo desnuda, lo que hace que sus conclusiones finales sobre la transformación interior resulten mucho más auténticas y conmovedoras.
En resumen: una lectura imprescindible para cualquier amante de la literatura de viajes y un espejo absoluto para quienes conocen el peso de la mochila. Rufin consigue demostrar que, aunque el cuerpo termine destrozado, el Camino tiene la extraña e inmortal capacidad de recomponer por dentro a quien lo camina.