Camino de Santiago del Norte. Etapa 28: Soto de Luiña- Cadavedo

La observación es una joya; no tenemos que alinear planetas o descubrir galaxias para encontrarla, está al alcance de todos los días.

Burroughs, John. El arte de ver las cosas, Errata naturae, 2018

Nuestra vigésimo octava etapa de este Camino del Norte nos lleva a recorrer la distancia entre Soto de Luiña y Cadavedo. Para esta jornada se presentan dos alternativas: el histórico Camín Real de las Ballotas, que discurre cerca de la costa, y el trazado oficial por la Sierra de las Palancas, que avanza por la montaña. Hemos optado por la opción costera que, aunque presenta un desnivel acumulado similar al de la montaña, cuenta con más servicios y nos regala una de las etapas más bellas de todo el Camino del Norte. La inmensa mayoría de los peregrinos elige este sendero litoral, un acierto seguro gracias a sus espectaculares vistas sobre los acantilados, su fácil acceso a las playas y una excelente señalización.

Comenzamos la caminata ante la iglesia de Soto de Luiña y avanzamos por la N-632a para desviarnos a la izquierda junto al hotel Valle de las Luiñas. Tras un breve regreso a la nacional, tomamos una senda a la derecha conocida como la Cuesta de la Torre, que asciende con fuerza entre eucaliptos hasta dejarnos junto al cementerio parroquial.

Al cruzar la carretera llegamos a Las Chavolas, punto donde se abre la gran bifurcación de la etapa: el Camino de las Palancas, que avanza por el interior a través de la sierra, y la Ruta de las Ballotas, que discurre más cerca del litoral. Nosotros obviamos la montaña y optamos por las Ballotas, siguiendo las flechas amarillas. Esta ruta cruza siete minivalles (ballotas en asturiano) y el cuento, parafraseando a Mario Benedetti, es muy sencillo: salimos de un pueblo, bajamos hacia la costa por la ladera este por caminos sombríos de tierra o piedra, cruzamos un arroyo, subimos la ladera oeste y arriba llegamos a otra localidad… y así hasta siete veces.

Desde el cruce caminamos por carretera, pasamos bajo la A-8, bordeamos el polígono de Valdredo y entramos en Albuerne. Tras dejar atrás una pequeña ermita, descendimos por una empinada senda para vadear con precaución el arroyo de Lindebarcas. Afrontamos la correspondiente subida hasta Novellana, donde aprovechamos un bar cercano a la iglesia de Santiago para hacer una parada y tomar un café.

Retomamos el camino por un tramo boscoso, cruzamos el reguero del Prao Llagón e iniciamos el ascenso hacia Castañeras. Desde aquí tomamos el desvío indicado hacia los miradores de la playa de Gavieiru, popularmente conocida como la Playa del Silencio, un entorno espectacular integrado en el Paisaje Protegido de la Costa Occidental. De regreso a la ruta, avanzamos entre la vegetación habitual y algunos sorprendentes bambús antes de iniciar un nuevo descenso hacia el arroyo del Cándano, antesala de la subida a Santa Marina. Cruzamos esta localidad por la nacional para encadenar la siguiente ballota: bajada al barranco, vadeo del arroyo de San Roque y nueva subida hacia Ballota.

Atravesamos el pueblo pasando junto a Casa Fernando y lo abandonamos por una pista a la derecha que conduce al río Cabo. Antes de cruzar el puente —que marca el límite con el concejo de Valdés—, bajamos a la playa del río Cabo, un mirador excepcional sobre los acantilados donde coincidimos de nuevo con Annouk, la holandesa que «pasea» por la playa. Tras regresar al puente y superar un duro repecho, alcanzamos las casas y el apeadero de Tablizo.

Un nuevo descenso nos llevó al arroyo Busmarzo, ofreciendo buenas vistas sobre los cantiles y la playa de Tablizo. Superado el reguero, afrontamos otra subida hacia Ribón, desde donde ya divisábamos perfectamente la punta del Cuerno, lugar donde se asientan el Campo de la Garita y la famosa ermita de la Virgen de la Regalina, que visitaríamos por la tarde. Finalmente, tras un cómodo tramo entre las primeras casas de Cadavedo que nos permitió disfrutar de una preciosa muestra de hórreos, paneras y viviendas de indianos, dimos por concluida la ruta al llegar a nuestro alojamiento, situado unos cientos de metros antes del centro del pueblo. En la comida encontramos a Daniel y Manuel, dos canarios, que corroboran nuestra apreciación de la etapa.

En resumen: una etapa espectacular, bonita a rabiar y de una gran exigencia física debido al constante sube y baja de sus siete ballotas. Una jornada rompepiernas de pura costa asturiana que nos ha regalado la magia de la Playa del Silencio, reencuentros entrañables en el camino y un final inmejorable rodeados de hórreos y la silueta de la Regalina

Después de todo este bajar y subir, nuestros pies han dibujado esta línea en el mapa.

Por la tarde nos acercamos a la Ermita de La Regalina y los miradores sobre el Cantábrico. Un paseo muy bonito y agradable. Lo peor los trabajadores que estaban en la ermita (al parecer se hacen muchas bodas, la ermita es pequeña, el personal no es muy cuidadoso, quizás la amenaza de tormenta…) en fin que tenían una mala tarde y nos fuimos rápidamente.

Deja un comentario