La mejor manera de conocer a un país es caminar por sus senderos y sumergirse en su flora y fauna
Burroughs, John. El arte de ver las cosas, Errata naturae, 2018
Nuestra vigésimo sexta etapa en este Camino del Norte se presenta como una jornada muy corta, aunque endurecida por continuos y moderados desniveles. El recorrido transcurre casi en su totalidad por caminos locales, pistas forestales de tierra y algún breve tramo de carretera en dirección a Soto de Luiña, un histórico fin de etapa famoso por su tradición hospitalaria y su espectacular patrimonio barroco. Al disponer de tiempo suficiente en nuestra aproximación a la costa, decidimos desviarnos para bajar a la playa de la Concha de Artedo, un coqueto arenal de cantos rodados que tuvimos la gran suerte de observar cómo se iba despejando de la densa niebla que la cubría.
Partimos de la Plaza del Marqués de Muros, que en esta mañana de domingo aparecía completamente vacía, permitiéndonos admirar la Casa Consistorial, la Iglesia de Santa María y la Casa de la Cultura. Dejando a la izquierda el Palacio de Valdecarzana, abandonamos la villa a través del barrio de Villar en dirección a la estación de tren. Tras cruzar las vías, nos adentramos en un bosque y descendimos por una pista hasta vadear el arroyo del Aguilar, antesala de la dura Cuesta de la Vana.






Al coronar la subida alcanzamos El Pitu (Cudillero), donde nos topamos con el «pequeño Versalles asturiano»: La Quinta de los Selgas. Este imponente palacio neoclásico del siglo XIX destaca por sus espectaculares jardines de gusto francés y una fabulosa colección de arte. Al tener las visitas muy restringidas, nos conformamos con fotografiarlo desde la verja, junto a las vecinas Escuelas Selgas (un complejo escolar vanguardista) y la Iglesia de Jesús Nazareno fueron la contribución de esta familia a la mejora de su pueblo. Como curiosidad, este templo custodia el altar más antiguo de España (siglo VIII), que increíblemente sirvió como mesa de taberna hasta 1905.



Continuamos la marcha fieles a las flechas amarillas, cruzando El Ventorrillo y El Valle de Belandres mientras divisábamos en lo alto la ermita de Santa Ana Montarés. Tras cruzar la N-632, pasamos bajo la autovía en un tramo donde una densa niebla empezó a levantarse, empañando las vistas sobre el Cantábrico. Iniciamos entonces un largo descenso hacia el valle del río Uncín, pasando bajo el imponente viaducto de la A-8 y las ruinas del antiguo Hotel Mariño.
Aprovechando que disponíamos de tiempo, nos desviamos para bajar a la playa de la Concha de Artedo, un precioso anfiteatro de cantos rodados y aguas azules. De regreso al camino, pasamos junto a la capilla de la Magdalena y descubrimos que el ruido ensordecedor que nos acompañaba procedía de las desbrozadoras de una cuadrilla que, afortunadamente, estaba acondicionando la senda. Cruzamos el río Uncín y afrontamos una larga subida hacia El Ribete, un mirador perfecto para observar los tres viaductos que salvan Artedo: el del tren, el de la autovía y un tercero inacabado y abandonado.









El tramo final nos llevó a través de un frondoso bosque de eucaliptos por los barrios de El Forcao, Mumayor, Campobajo y Campocima. Tras un último descenso pedregoso a la sombra de los árboles, salimos directamente a la N-632. Un cómodo carril peatonal nos permitió cruzar el río Esqueiro y entrar en Soto de Luiña, directos a la iglesia de Santa María y la antigua Casa Rectoral, que funcionó como hospital de peregrinos en su época dorada. En este punto dimos por finalizada la etapa y nos dirigimos hacia nuestro alojamiento.






En resumen: una etapa corta, muy llevadera y de una belleza paisajística espectacular. A pesar de los continuos subes y bajas que caracterizan al terreno asturiano, la jornada nos ha regalado momentos mágicos, desde el asombroso patrimonio barroco y neoclásico de la zona hasta la paz absoluta de la playa de Artedo sin niebla. Un día perfecto para caminar sin prisas, disfrutar de la costa y dejarse acoger por la historia de Soto de Luiña.
Todo el recorrido de hoy ha quedado registrado en su correspondiente track.
Por la tarde, y tras una siesta reparadora, nos acercamos a la playa de San Pedro de la Ribera. La Playa de San Pedro de la Ribera (también conocida popularmente como San Pedro de Bocamar) es una de las joyas costeras del concejo de Cudillero, en Asturias, y está considerada una de las playas más completas y bonitas de la comarca occidental asturiana. En su margen derecho vierte sus aguas el río Esqueiro, un conocido río truchero, lo que aporta un paisaje fluvial precioso justo donde se une con el mar Cantábrico. Un paseo de poco más de 4 km para estirar las piernas.


