En los comienzos de este blog un compañero de senderismo del Grupo Verde me pasó una cita de este libro para mi habitual entradilla de las rutas de senderismo que público. Reconozco que la utilicé con la única comprobación de mirar en wikipedia la biografía del autor. Meses después me encuentro en una librería una bonita edición (ilustrada) de Nórdica Libros.
Elogio del caminar (In Praise of Walking) es un brillante y breve ensayo escrito por el pensador, biógrafo y alpinista victoriano Leslie Stephen (1832-1904). Aunque en el ámbito popular suele ser recordado por ser el padre de la célebre escritora Virginia Woolf, este texto demuestra su agudeza intelectual y su profunda conexión con la naturaleza. Publicado originalmente como parte de sus Studies of a Biographer, el libro ha sido rescatado en español en cuidadas ediciones, destacando la versión de la Editorial Nórdica con ilustraciones de Manuel Marsol que mencionaba anteriormente.

El libro no es un manual deportivo ni una crónica de hazañas físicas de alta montaña. Es una defensa filosófica, íntima y honesta del acto de andar por el puro placer de hacerlo. Stephen argumenta que el esfuerzo físico de las piernas está subordinado a la estimulación mental y espiritual. Al desplazarse a pie, el individuo logra una distancia vital con respecto a los problemas cotidianos, permitiendo que las ideas fluyan de manera armónica y espontánea.
Uno de los puntos más fascinantes de la obra es cómo el autor vincula el paseo con la actividad intelectual. Stephen sostiene que caminar es la panacea ideal contra los estados de ánimo sombríos y el bloqueo de los escritores. Para demostrarlo, recurre a la historia de la literatura y la filosofía.
- menciona la tradición peripatética y cómo el movimiento activa el pensamiento.
- Ejemplifica con filósofos como Thomas Hobbes y Jeremy Bentham, quienes mantuvieron su lucidez gracias a sus caminatas diarias.
- Reivindica la figura del atajo como un símbolo de la libertad de pensamiento y de la independencia del caminante.
El ensayo destaca por una prosa directa, irónica y desprovista de pretensiones académicas complejas. Define el caminar como una actividad primitiva y simple que no requiere equipos sofisticados ni gastos superfluos. Al ser un texto de pocas páginas, se lee de una sola sentada, pero sus reflexiones permanecen a largo plazo.
Lo mejor: Su capacidad para despertar en el lector las ganas inmediatas de salir a andar y desconectar del entorno digital.La bellísima conexión conceptual entre el ritmo físico de los pasos y el ritmo literario o intelectual.El humor británico sutil con el que defiende al caminante frente a otras disciplinas modernas de su época.
Lo peor: Su extrema brevedad nos deja con ganas de una exploración filosófica aún más profunda a los que buscamos un tratado extenso.Al haber sido escrito a finales del siglo XIX, algunas referencias contextuales a autores victorianos requieren cierta familiaridad histórica.
En mi opinión, Elogio del caminar es un bálsamo literario imprescindible. Funciona como una invitación formal a recuperar la lentitud en un mundo hiperactivo, recordándonos que las mejores ideas no surgen frente a un escritorio, sino cruzando senderos y pisando la tierra firme.