Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar
Thoreau, H. D. Walden, la vida en los bosques. Errata naturae, 2013
Tras haber completado con éxito los tramos entre Bayonne y Santander, y la ruta costera desde Santander hasta Ribadeo, nuestras botas vuelven a tener una misión muy especial. El próximo 24 de septiembre, tras el paréntesis estival, reanudaremos nuestro avance en el Camino del Norte justo donde lo pausamos el pasado 28 de mayo: la Plaza de España de Ribadeo. A partir de ahí, nos esperan las flechas amarillas y el tercer tramo de nuestra aventura, una travesía de diez etapas que nos llevará de forma definitiva hasta Santiago de Compostela.
Las etapas que hemos previsto son las siguientes:
Etapa 31: Ribadeo- Vilanova de Lourenzá
Etapa 32: Vilanova de Lourenzá- Mondoñedo
Etapa 33: Mondoñedo- Abadin
Etapa 34: Abadín- Villalba
Etapa 35: Villalba- Baamonde
Etapa 36: Baamonde-Miraz (As Laxes)
Etapa 37: Miraz (As Laxes)- Sobrado dos Montes
Etapa 38: Sobrado dos Montes- Arzua
Etapa 39: Arzua- O Pedrouzo
Etapa 40: O Pedrouzo- Santiago de Compostela
El trayecto que vamos a recorrer es el siguiente:
Nos aguarda un recorrido de 198 kilómetros divididos en 10 etapas minuciosamente planificadas para cruzar el corazón de Galicia. Nos despediremos temporalmente de las vistas al Cantábrico para adentrarnos en los rigores y la magia de la montaña lucense, los bosques medievales y las tierras interiores. Atravesaremos lugares con tanta historia jacobea como Lourenzá, Mondoñedo o Vilalba, antes de conectar en Arzúa con el tramo final que nos conducirá, paso a paso, hasta la ansiada Plaza del Obradoiro. En esta ocasión, tendremos el placer de contar con nuestro amigo José Antonio, un auténtico apasionado del Camino de Santiago y gran conocedor de la zona.
Los pormenores de cada etapa ya los iremos poniendo por aquí.
Para aquel que disfruta del pleno vigor de sus sentidos, un paseo sosegado de no más de diez o doce millas diarias, es el viaje más encantador.
Ruskin, John. Las piedras de Venecia y otros ensayos. Biblok Book Export, 2016
Entre la Costa Tropical y la Sierra de los Guájares, esta ruta colgada en la ladera de la Sierra del Chaparral es un oasis de naturaleza en calma, lejos de las masificaciones. Creada para las repoblaciones forestales del siglo XX, el sendero parte de Molvízar y asciende hasta el frondoso Barranco del Pueblo. Su tramo superior bordea la montaña en un trayecto cómodo y sin grandes desniveles. Ofrece una panorámica espectacular de Molvízar, las vegas de Motril y Salobreña, el delta del río Guadalfeo y la silueta del castillo de Salobreña.
Hemos tomado la Senda del Minchar en un punto en el que pasa junto a una pista. Se accede por un camino asfaltado que parte de la carretera GR-5300, que une Molvízar con Lobres, en el km 11,7, el Carril de Vélez.
Dejando atrás el carril, tomamos un sendero que se adentra en la Sierra del Chaparral y nos invita a acercarnos a su historia. Pronto, la senda se bifurca en un dilema de horizontes: a la derecha, el camino se eleva buscando el Mirador de la Costa Tropical y la silueta del Jaral; al frente, noble y serena, aguarda la Senda del Minchar. El camino juguetea con la pista forestal, rozándola apenas unos metros para salvar un pequeño barranco antes de reanudarse, con paso firme, a través de unos escalones de piedra. A partir de aquí, el sendero se vuelve un guía infalible: limpio, cuidado y asombrosamente esculpido. Es imposible no detenerse ante la audacia de su construcción, donde los muros de contención de piedra seca y la roca excavada a pulso narran el titánico esfuerzo de quienes abrieron esta vía en la ladera. A cada paso, el paisaje se abre como un lienzo vivo: el delta del Guadalfeo, la vega de Salobreña y el blanco inconfundible de Molvízar pintan una panorámica excepcional. Tras bordear la montaña y cruzar el Barranco del Minchar, el sendero descansa de nuevo en el carril inicial, a casi dos kilómetros del punto de partida. En este nudo de caminos, la ruta exige girar a la derecha para remontar la Cuesta de la Caída, no sin antes permitirnos un respiro en la pequeña fuente Chotal que brota bajo el camino, perfecta para refrescar el cuerpo antes de reanudar la marcha. La pista avanza hasta el kilómetro 2,6, momento en que la senda recupera su soberanía. Dejando atrás un desvío que se pierde hacia las cumbres, el sendero nos conduce hacia el gran secreto de la ruta: el Barranco del Pueblo. En este rincón, la montaña rompe su propio guion; el paisaje rudo se transforma de pronto en una antesala fresca, umbría y exuberante, dominada por la majestuosidad de los eucaliptos. Justo antes de sumergirnos en este oasis, sobrecoge contemplar el profundo tajo que los hombres del siglo pasado tuvieron que asestarle a la roca para abrir paso al caminante. Al cruzar la frondosidad del barranco, la senda nos regala su último tributo: un mirador suspendido sobre Molvízar y el mar, donde el trayecto oficialmente se despide. Un cartel anuncia «Fin del Sendero» mientras el sendero se pierde en la Sierra del Chaparral.
Tras un breve descanso para tomar una fruta en el umbrío Barranco del Pueblo iniciamos el camino de vuelta. El regreso es un reencuentro con los propios pasos. Aunque el carril ofrece un atajo más rápido y una última fuente en el Barranco del Minchar, la belleza de la senda original siempre ejercerá un magnetismo difícil de ignorar.
En resumen, esta ruta de senderismo circular en el T.M. de Molvízar asciende por la Sierra del Chaparral hasta el frondoso Barranco del Pueblo. El itinerario, cómodo y con pocos desniveles en su parte alta, combina tramos de pista forestal con senderos esculpidos en la roca y muros de piedra seca que destacan por su valor histórico.
Todo el recorrido de esta ruta ha quedado grabado en este track.
Si buscas ideas creativas, sal a caminar. Los ángeles le susurran al hombre cuando va a dar un paseo.
Myers, Raymond I. Touchstones: A Book of Daily Meditations for Men. Fundación Hazelden, 1980
Nuestra ruta de hoy nos lleva, de nuevo, a Lanjarón, en la Alpujarra granadina, para recorrer el evocador «Camino del Pescado». Se trata de un recorrido de un unos 14 kilómetros de dificultad moderada que destaca por sus vistas panorámicas y su famoso columpio mirador.
Comenzamos la caminata junto a la ermita de San Sebastián y el Museo del Agua. Desde allí, nos encaminamos hacia la otra ribera del río Lanjarón para tomar el sendero señalizado PR-A 34 (Lanjarón – Tello – Ventura). Tras una primera subida por un antiguo camino de herradura, enlazamos con una pista agrícola que nos conduce hasta la Ermita del Tajo de la Cruz. Hacemos una breve parada para contemplar el paisaje e iniciamos el descenso hacia el Mirador del Visillo, punto de partida del verdadero Camino del Pescado.
Se trata de una senda empedrada en sus tramos más empinados, diseñada en su día para resistir las pisadas de las caballerías que descendían cargadas de mercancías y productos de la vega. Hoy en día, despojado ya de su antiguo uso comercial, el sendero ha renacido como una joya para el turismo y el deporte. Su nombre rinde homenaje a la historia: esta era la arteria principal por la que se transportaba el pescado fresco desde la costa tropical hasta el interior de Lanjarón. Además, funcionó como una vía de comunicación clave con los pueblos del Valle de Lecrín a través de la confluencia de los ríos Lanjarón e Ízbor, un paso que actualmente solo se puede transitar cuando el nivel del embalse lo permite.
El primer tramo de la ruta nos interna en un suave descenso por un sendero sombrío y agradable que serpentea hasta un pequeño barranco. En esta época del año, la vegetación no luce especialmente frondosa pero regala una estampa de una belleza singular mientras caminamos junto a una acequia ancestral con un poco de agua. Más adelante, alcanzamos el cruce que marca el camino de regreso a Lanjarón —el cual tomaremos más tarde, ya que esta sección conecta la ida con la vuelta—.
Continuamos la marcha hacia la izquierda, siguiendo una pista que nos guía directamente hasta un mirador. Desde esta atalaya se abre ante nosotros, en toda su inmensidad, el perfil azul del embalse de Rules. Tras detenernos a inmortalizar el momento con las fotografías de rigor, reanudamos el paso hacia el gran aliciente del día: el columpio.
Para alcanzar el Mirador del Columpio debemos afrontar una fuerte pendiente, un esfuerzo que se ve recompensado a cada paso por las espectaculares vistas que se despliegan a nuestro alrededor. Una vez en la cima, solo queda entregarse a la experiencia: columpiarse en las alturas, suspendidos sobre el paisaje, con la sensación de tener el mundo bajo los pies.
Finalmente, emprendemos el regreso a Lanjarón. Esta última etapa se vuelve algo más monótona, discurriendo de manera homogénea por una pista agrícola hasta conectar de nuevo con el Mirador del Visillo. Desde este punto, desandamos los primeros pasos de la mañana hasta el inicio de la ruta.
En definitiva, se trata de un itinerario asequible y cómodo de caminar, un sendero amable que regala panorámicas memorables a lo largo de prácticamente todo el recorrido. Si no se dispone de suficiente tiempo se puede evitar el camino hacia el mirador de la Presa de Rules y subir directamente hasta el columpio.
Todo el recorrido de esta caminata ha quedado registrado en este track.
Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: Para caminar.
Galeano, Eduardo. Las palabras andantes. Catálogos SLR. 1993
Para nuestra primera ruta de este curso nos desplazamos hasta el bonito municipio granadino de Dílar en los límites del Parque Natural de Sierra Nevada. Incluído en el Área Metropolitana de Granada comprende el núcleo de población de Dílar y los diseminados de Alcántara, El Batán, Cañadas del parque, los Cortijillos, El Toril y Las Viñas. En esta ocasión recorremos las acequias Baja y Alta enlazadas por el Área Recreativa del Río Dilar, donde nos detendremos para tomar un descanso y una fruta. Es un recorrido algo fresco, amenizado por el sonido del agua y la vegetación que cubre casi todo el recorrido.
Nuestra caminata comienza en la Plaza de los Miradores, un balcón abierto al paisaje del bonito pueblo de Dílar después de dejar el coche en un aparcamiento disuasorio a la entrada del pueblo. A la derecha de la plaza un cartel nos sale al encuentro para anunciarnos el Sendero de la Acequia Baja. En sus compases iniciales, el agua discurre oculta bajo nuestros pies, pero no tardamos en encontarla a cielo abierto. El camino nos conduce entonces ante el Mirador del Charnaquerock, un altozano desde el que se despliegan magníficas vistas sobre el Valle del Río Dílar. Avanzamos el paso hasta toparnos con la Fuente del Barranquillo, hoy muda y con escaso caudal; es el hito que nos indica que debemos abandonar el arrullo de la Acequia Baja. Salimos al Camino de la Fábrica de la Luz y nos desviamos con decisión hacia la derecha. Caminamos por las calles del extrarradio hasta girar hacia la izquierda, ascendiendo en busca de la silueta del Castillo del Marqués de Dílar, recortada bajo la atenta y lejana mirada de la Ermita de Nuestra Señora de las Nieves a la que hoy no llegaremos. Un suspiro más arriba, la Acequia Alta sale a nuestro paso; junto al hotel rural Zerbinetta nos desviamos hacia la izquierda y, enseguida, vemos el letrero de la Vereda de la Acequia Alta. Esta vereda se revela como un paseo idílico, llano y amable, donde el relieve concede un descanso al caminante a través de un rosario de miradores. Tras apenas quinientos metros de marcha, hallamos el frescor de la Fuente del Rebosadero. Al filo del kilómetro cuatro, el hilillo de agua cruza el sendero, sirviendo de brújula una casa rural y el Mirador del Encinar. Una vez sorteado el cauce, el paisaje nos muestra espectaculares panorámicas: el Río Dílar abajo, el perfil abrupto de la Boca de la Pescá y la majestuosidad de los Alayos. El camino nos desafía entonces con dos acueductos que hacen las veces de puentes; conviene cruzarlos con paso firme y cautela, asumiendo la ayuda de su pasamanos en una altura, por fortuna, nada severa. Sobre el kilómetro seis tocamos el fin del tramo de la Acequia Alta, saliendo junto al Área de la Naturaleza y su explanada de estacionamiento. Es el momento de cruzar el Río Dílar para caminar en paralelo a su corriente, arrullados por su murmullo, hasta un puente que aguarda a nuestra izquierda. Es el momento de tomar un pequeño descanso y una fruta para reponer fuerzas.
Cruzamos el puente y, a escasos pasos, salimos de nuevo al encuentro de la Acequia Baja. Seguiremos su trazo por una vereda estrecha, alfombrada de hierba abundante que exige pisar con pies de plomo para evitar un resbalón. El sendero desemboca en un carril que tomamos hacia la derecha, descendiendo con el río custodiando nuestros pasos a la diestra hasta alcanzar un nuevo puente. Tras cruzarlo, giramos a la izquierda, acometiendo un repecho por una pista hormigonada. A los pocos metros, nos saludan la Acequia de Gójar y un nuevo mirador. La ruta discurre fiel a este carril principal, flanqueado por olivos, hasta un cruce donde el terreno por fin se aplana. Continuamos por la izquierda, descendiendo suavemente en un paisaje donde ahora los olivos se hermanan con los almendros. Es el tramo mas tedioso. Al asomarnos al Mirador de los Parrales, el pueblo de Dílar emerge al fondo del lienzo, escoltado por la Silleta y la cuenca de su río. Iniciamos el descenso definitivo. Muy pronto la Acequia de Gójar vuelve a cruzarse en nuestro rumbo —delatando la cercanía del partidor de la acequia de Otura— justo en el punto donde el Río Dílar nos sale de nuevo al paso. Afrontamos los últimos compases por el Camino de la Sierra. A nuestra izquierda, la Acequia de Otura nos brinda su compañía como una última escolta. Sin embargo, cuando el camino se empina de nuevo, el agua toma su propio rumbo y nos abandona, dejándonos a las puertas del mismo lugar desde el que partimos. Allí, tras haber completado nuestro viaje a pie, donde todo comenzó, damos por concluida la ruta de hoy que nos ha llevado a recorrer una distancia total de 14,08 kilómetros a lo largo de 3 horas y 32 minutos de pura conexión con el entorno.
Ha sido una caminata suave y bonita por un entorno natural rebosante de calma, donde el murmullo constante del agua de las acequias y el río nos ha guiado a través de paisajes salpicados de campos de almendros, olivos y miradores espectaculares. Un itinerario ideal para desmarcarse del ritmo urbano, respirar hondo y disfrutar de la sencillez del sendero sin grandes esfuerzos técnicos mientras dejamos atrás (no mucho) el caluroso verano.
Todo el recorrido lo hemos dejado grabado en este track.
Aunque el camino sea estrecho /Y el polvo se pegue al cuerpo Aunque los vientos me arrastren /Yo sigo mis sendas sin lastre /Andar como un vagabundo /Sin rumbo fijo, sin meta /A vueltas de veleta /Al soplo del viento al azar / Porque el caso es andar /El caso es andar
Cecilia, letra de Andar. Cecilia 2
Detener nuestros pasos en Ribadeo marca el final de un capítulo inolvidable en nuestro Camino del Norte. Atrás quedan 16 etapas y casi 400 kilómetros de andadura desde que partimos de la bahía de Santander aquel miércoles 13 de mayo. Este viaje a pie no ha sido simplemente una sucesión de jornadas y kilómetros; ha sido una inmersión profunda en los paisajes más salvajes, verdes y exigentes de la cornisa cantábrica.
El inicio de nuestra andadura nos llevó a cruzar los prados y acantilados de Cantabria, sirviendo como un hermoso preludio de lo que estaba por venir. Sin embargo, el verdadero grueso de nuestra aventura se escribió con tinta asturiana. Asturias nos recibió con su indomable perfil «rompepiernas», desafiando nuestras extremidades con desniveles moderados pero continuos, y regalándonos tramos mágicos como el histórico Camino Real. A lo largo del recorrido, hemos sido testigos de una variedad paisajística asombrosa. Hemos caminado bajo la sombra de frondosos bosques de eucaliptos y robles, bordeado rías espectaculares en dirección a iglesias de postal —como la de los Dolores en Niembro— y cruzado puentes monumentales sobre los ríos Bedón, Uncín, Esva o Navia. La costa ha sido nuestra fiel compañera: nos desviamos para contemplar prodigios geológicos únicos como la playa interior de Gulpiyuri, desafiamos la bruma marina en el anfiteatro de cantos rodados de la Concha de Artedo, y nos quedamos sin palabras ante la majestuosidad celta de Cabo Blanco y la paz de la Playa del Silencio.
Pero el Camino también ha sido historia, patrimonio y paisanaje. Hemos fotografiado la majestuosidad románica de Nuestra Señora de la Oliva y San Juan de Amandi en Villaviciosa, contemplado la opulencia indiana desde las verjas de la Quinta de los Selgas en El Pitu, y nos hemos mimetizado con la vida marinera de villas blancas tan bellas como Llanes, Luarca, Tapia de Casariego o la industriosa Avilés, donde el acero esculpe el paisaje urbano.
Incluso la huella humana, con sus ruidosas autovías y gigantescas factorías, se diluyó ante la abundancia de hórreos, paneras y prados salpicados de vacas. Esta andadura ha estado profundamente enriquecida por la convivencia y las anécdotas espontáneas: las charlas con Garret, el inglés caminante; el estreno del joven francés Tazz; los reencuentros con Annouk en la playa del río Cabo, los cruces con Daniel y Manuel, los canarios trotamundos, sin dejar atrás a Jose Luis y Ángel, residentes en Barcelona y amantes de la buena cocina, sin olvidar el divertido cruce de cámaras con el fotógrafo José Luis en Villaoril. Incluso hubo tiempo para ejercer de ciudadanos ejemplares llamando al 112 ante un incendio inesperado en Avilés. Hoy, al cruzar el estrecho carril peatonal del Puente de los Santos sobre la imponente ría del Eo, cerramos este ciclo con las piernas cansadas pero el corazón lleno. Como bien decía el naturalista John Burroughs, «ir a pie es el único viaje real; todo lo demás es simplemente ser transportado». Nosotros hemos poseído el paisaje, lo hemos respirado, sufrido y disfrutado paso a paso. Nos despedimos temporalmente de las flechas amarillas con el orgullo de haber llegado enteros y con la mente ya puesta en el horizonte: en septiembre volveremos para retomar la marcha y terminar el Camino hasta Santiago. La plaza de España de Ribadeo nos esperará entonces para ser el punto de partida del último y definitivo empujón.
Finalmente, nuestro agradecimiento a Pili y Ticiana que nos acogieron en Ribadeo, nos acompañaron y nos enseñaron la majestuosa playa de las Catedrales.
Y también agradecemos a Esteban Norteban, Manuel Ribadedeva, y Óscar Mochilastur que religiosamente acarrearon nuestras mochilas cada día para aligerar nuestro Camino.
Thoreau, Henry David. Walden. Errata naturae editores, 2013
Nuestra trigésima etapa de este Camino de Santiago del Norte nos lleva desde La Caridad hasta Ribadeo por la variante costera de Tapia de Casariego. La jornada apenas presenta desniveles significativos y nos permite visitar Cabo Blanco, su castro prerromano y sus miradores, así como la pintoresca localidad de Tapia de Casariego y bellos rincones litorales como la playa de Penarronda. Al final de la etapa, pasamos de Asturias a Galicia a través del penoso carril peatonal del Puente de los Santos sobre la ría del Eo.
Salimos de La Caridad por la avenida de Galicia para tomar una senda en descenso hacia el arroyo Salgueiros, remontando después el alto de Los Morcegos. Tras un tramo por la nacional cruzando los arroyos de Piñera y O Memíes, entramos en San Pelayo y Valdepares. En esta última localidad nos desviamos por la senda costera GR E-9 hacia Cabo Blanco, pasando junto a la iglesia parroquial y el Palacio de Fontfría. Es un recorrido por cómodas pistas que nos conduce al espectacular Cabo Blanco, donde desde el siglo IV a.C. existió un importante castro, ampliado posteriormente por los romanos. Poco después pasamos por la punta de la Atalaya y su bonito mirador, para continuar hacia la playa de Porcía. Desde allí, enlazamos de nuevo con el trazado oficial por un tramo de tierra y cruzamos la nacional, atravesando el río Porcía por su antiguo puente.
Al superar Porcía, un mojón nos indicó la alternativa de la costa hacia Tapia de Casariego. Optamos por este trazado litoral pasando por las aldeas de Campos y Salave, donde flanqueamos la iglesia de Santa María. Tras dejar atrás Cantón, seguimos firmes junto al mar en lugar de virar hacia el interior. Así alcanzamos el barrio de San Antonio y entramos al casco urbano de Tapia de Casariego junto a la ensenada de Ribera Nova y la playa de Represas. Cruzamos la plaza de la Constitución, pasamos junto a la iglesia de San Esteban y tomamos un agradable carril peatonal con hermosas vistas a las calas antes de conectar con la avenida de Galicia.
A la altura del hotel Xunqueira nos desviamos por pistas entre campos de cereales, dejando a un lado el camping El Carbayín. Cruzamos el río Tol y el arroyo de Péligos para entrar en Villamil y continuar hacia la pequeña aldea de Santa Gadea. De allí pasamos junto a la ermita de San Lorenzo, ubicada en una agradable explanada verde con vistas al Cantábrico, para luego bajar a la preciosa playa de Penarronda. Reanudamos la marcha en subida hacia Villadún, donde rechazamos una nueva variante costera de más de tres kilómetros, ya que se estaba haciendo tarde y los kilómetros hacían mella en nuestras piernas, prefiriendo avanzar directamente hacia Ribadeo.
Tras una larguísima recta, llegamos a una rotonda de acceso a la autovía. Sin cruzarla, tomamos el primer carril a la derecha en dirección al Puente de los Santos. Pasamos junto a un área recreativa e iniciamos el penoso paso por el estrecho carril peatonal; así abandonamos Asturias para entrar en Galicia. Una vez completado el cruce, bajamos por la avenida de Rosalía de Castro y caminamos un kilómetro por el centro histórico hasta alcanzar la rúa Rodríguez Murias y, finalmente, la plaza de España, donde la iglesia de San Francisco marcó el final de esta etapa.
En resumen: una etapa espectacular, llana y cargada de simbolismo que nos ha regalado la arqueología celta de Cabo Blanco, la belleza marinera de Tapia y el entorno protegido de Penarronda. Una jornada larga pero gratificante cuyo broche de oro ha sido el emocionante —aunque estrecho— cruce a pie sobre la ría del Eo; un paso histórico en nuestro viaje que despide Asturias y nos abre de par en par las puertas de Galicia.
Con esta etapa finalizamos este segundo tramo del Camino del Norte en el que hemos caminado algo más de 390 km entre Santander y Ribadeo en 16 etapas. En el otoño regresaremos para completar lo que nos queda hasta Santiago.
Todo el recorrido de esta etapa ha quedado registrado en este track.
Mientras seguía así mi camino como un buen haragán, fino vagabundo, me sentía como si hubiera salido de un largo confinamiento
Burroughs, John. Las exaltaciones del camino(The Exhilarations of the Road ), en Winter Sunshine 1875
«Ir a pie es el único viaje real; todo lo demás es simplemente ser transportado». Esta célebre máxima del naturalista John Burroughs cobra todo su sentido en nuestra vigésimo novena etapa del Camino del Norte, que nos lleva a cruzar los horizontes del occidente asturiano entre Luarca y La Caridad. Nos espera una jornada de kilometraje respetable pero de perfil muy agradecido, que deja atrás los grandes acantilados para adentrarse en la suave rasa costera. A lo largo del recorrido, alternaremos tranquilos senderos rurales, el cruce sobre el majestuoso río Navia y encantadoras aldeas que conservan intacto su sabor tradicional, recordándonos a cada paso que la verdadera riqueza del viaje está en la calma de cada zancada.
Tras un contundente desayuno en la confitería La Luz, iniciamos la marcha por la calle La Peña hacia la ermita de San Roque, que ofrece unas vistas fantásticas de Luarca. Avanzando por la rasa costera, cruzamos Ribadebajo, pasamos junto a las ruinas del cementerio y la Iglesia de Santiago (siglo X) y la aldea de Taborcías hasta llegar a Villuir. Desde allí, combinando caminos de tierra y bosques de eucaliptos, dejamos atrás Otur y El Rellón por un antiguo camino de servicio de la A-8.
Descendimos por el valle del río Barayo y pasamos bajo el viaducto de El Bao, donde se ubica un monolito que recuerda La fosa de El Bao en memoria de los represaliados durante la Guerra Civil por defender la democracia, las libertades y la República. Tras una breve parada en un curioso jardín con una fuente dedicada a Santiago, cruzamos Barayo y entramos en Villapedre, donde algunos peregrinos encontraban el café añorado durante tantos kilómetros. Proseguimos por pistas de tierra y asfalto pasando por Piñera y Villaoril. Mientras descansábamos en unos bancos a la sombra, José Luis, un fotógrafo aficionado, nos pidió retratarnos para su proyecto; una anécdota simpática a la que se sumó una peregrina extranjera para fotografiarnos a todos juntos.
Con José Luis, el fotógrafo fotografiado
Continuamos hacia el polígono de La Colorada, antesala de la industriosa villa de Navia. Tras pasar ante el Ayuntamiento, cruzamos su gran ría por el puente de la nacional. Al otro lado, en El Espín, una pista en subida nos llevó a Folgueras, regalándonos buenas panorámicas del entorno. Seguimos hacia Jarrio, donde nos desviamos ligeramente de la ruta para almorzar un buen menú a pie de carretera.
Por la tarde, buscando siempre el lado de la sombra debido al sofocante calor, avanzamos en dirección a Cartavio y Arboces. Aunque la constante cercanía de la autovía y la nacional empaña por tramos el paisaje, la abundancia de rincones rurales ayuda a olvidar la huella humana. Tras un último cruce, entramos finalmente en La Caridad junto al albergue La Xana. Pasamos por la plaza principal, que concentra el Ayuntamiento y la iglesia, y caminamos unos cientos de metros más hasta nuestro alojamiento. En total, completamos una exigente jornada de 32,73 kilómetros y 679 metros de desnivel acumulado en 9 horas y 33 minutos.
En resumen: una etapa de kilometraje respetable, calurosa y de perfil rompepiernas que nos adentra de lleno en el occidente asturiano. Una jornada marcada por el contraste entre las grandes infraestructuras y la belleza de las rías, amenizada por encuentros fotográficos espontáneos y el encanto de unas aldeas que nos han conducido con paso firme hasta el corazón de La Caridad.
Todo el recorrido de esta jornada ha quedado registrado en este track.
Las fotos que nos hizo José Luis para su proyecto de fotos de peregrinos
El que camina es quien realmente posee el paisaje, mientras que el que viaja en carruaje (o transporte rápido) es solo un espectador.
Burroughs, John. Las exaltaciones del camino (The Exhilarations of the Road ), en Winter Sunshine 1875 en Proyecto Gutenberg
Nuestra vigésimo octava etapa de este Camino del Norte nos lleva a desplazarnos entre las localidades de Cadavedo y Luarca. Tras haber superado los exigentes barrancos y gargantas de la jornada anterior, hoy nos disponemos a recorrer una etapa mucho más cómoda y corta, cuyo itinerario discurre íntegramente por caminos del concejo de Valdés. Se trata de una jornada plácida y agradable, cuya única dificultad orográfica reseñable es la subida desde el hotel Canero hasta la altura de la A-8: un repecho de 140 metros de desnivel concentrados en 1,6 kilómetros. Como recompensa, el tramo final de la ruta y la entrada a Luarca nos regalan unas estampas bellísimas de esta pintoresca población marinera y de su encantador puerto.
Tras el desayuno, abandonamos nuestro alojamiento a la entrada de Cadavedo para dirigirnos al centro de la población siguiendo las flechas amarillas. Dejamos atrás la localidad por la N-632a, pasando junto al albergue de peregrinos situado en el límite con Villademoros. En este punto recuperamos la señalización tradicional mediante mojones que habíamos abandonado en Las Chabolas, ya que aquí se vuelven a unir el Camín de las Ballotas y el de la Sierra de las Palancas.
Pasamos junto a la capilla de la Asunción y avanzamos hacia San Cristóbal, adentrándonos en caminos que, entre campos y bosques, nos condujeron de nuevo a la nacional para alcanzar Querúas. Tras pasar por el Campo de Pascua y la capilla de Santa Ana, continuamos callejeando entre las casas del pueblo hasta alcanzar el Chano de Canero. Desde la iglesia de San Miguel, tomamos una senda boscosa en suave descenso que nos dejó en la parte baja de Canero. Cruzamos la rotonda y el puente sobre el río Esva —que desemboca muy cerca, en la playa de la Cueva— y nos dirigimos al hotel-restaurante Canero para disfrutar de un café reparador y sellar nuestras credenciales.
Retomamos la marcha por la parte posterior del establecimiento para afrontar la fuerte subida del día: una estrecha senda boscosa a mano izquierda que asciende hasta la N-634. Tras cruzar la carretera, proseguimos el ascenso hasta alcanzar la planicie, donde conectamos con una pista paralela a la A-8. Cruzamos la autovía por un puente y continuamos alternando tramos de bosque, campos y asfalto. A la izquierda de la calzada, en la zona conocida como «La Rampla», nos llamó la atención el cementerio musulmán. Este recinto de casi 4000 metros cuadrados, al que se accede por un arco de herradura, fue construido en 1936 para dar sepultura a los soldados del Tercio de Regulares de Marruecos.
El Camino prosigue entre praderas hasta el bonito pueblo de Barcia. Atravesamos sus distintos barrios pasando junto a las antiguas escuelas y la iglesia de San Sebastián. Tras superar un pequeño arroyo, entramos en Barcellina en dirección a La Atalaya, disfrutando a lo largo del recorrido de una preciosa sucesión de fincas y edificaciones señoriales de estilo indiano. Finalmente, accedemos a Luarca —la Villa Blanca de la Costa Verde— por la zona alta, regalándonos una panorámica maravillosa de la villa y de toda la costa asturiana.
En resumen: una etapa sumamente plácida, corta y muy agradecida tras el esfuerzo de las jornadas anteriores. Un recorrido cómodo por el concejo de Valdés que combina la tranquilidad de los senderos rurales con curiosidades históricas como el cementerio de Barcia y la belleza de la arquitectura indiana, coronado por una bajada espectacular hacia el inolvidable puerto de Luarca.
Todo el recorrido de esta mañana ha quedado registrado en este track.
Por la tarde nos damos un paseo por el ayuntamiento, el puerto pesquero y subimos a la Ermita de la Virgen de la Blanca, vemos el faro y echamos un vistazo desde los miradores sobre la playa, el puerto pesquero y la bocana del puerto. De vuelta a nuestro alojamiento nos encontramos con Daniel y Manuel que dan por finalizado su camino en esta etapa para retomarlo el próximo año.
La observación es una joya; no tenemos que alinear planetas o descubrir galaxias para encontrarla, está al alcance de todos los días.
Burroughs, John. El arte de ver las cosas, Errata naturae, 2018
Nuestra vigésimo octava etapa de este Camino del Norte nos lleva a recorrer la distancia entre Soto de Luiña y Cadavedo. Para esta jornada se presentan dos alternativas: el histórico Camín Real de las Ballotas, que discurre cerca de la costa, y el trazado oficial por la Sierra de las Palancas, que avanza por la montaña. Hemos optado por la opción costera que, aunque presenta un desnivel acumulado similar al de la montaña, cuenta con más servicios y nos regala una de las etapas más bellas de todo el Camino del Norte. La inmensa mayoría de los peregrinos elige este sendero litoral, un acierto seguro gracias a sus espectaculares vistas sobre los acantilados, su fácil acceso a las playas y una excelente señalización.
Comenzamos la caminata ante la iglesia de Soto de Luiña y avanzamos por la N-632a para desviarnos a la izquierda junto al hotel Valle de las Luiñas. Tras un breve regreso a la nacional, tomamos una senda a la derecha conocida como la Cuesta de la Torre, que asciende con fuerza entre eucaliptos hasta dejarnos junto al cementerio parroquial.
Al cruzar la carretera llegamos a Las Chavolas, punto donde se abre la gran bifurcación de la etapa: el Camino de las Palancas, que avanza por el interior a través de la sierra, y la Ruta de las Ballotas, que discurre más cerca del litoral. Nosotros obviamos la montaña y optamos por las Ballotas, siguiendo las flechas amarillas. Esta ruta cruza siete minivalles (ballotas en asturiano) y el cuento, parafraseando a Mario Benedetti, es muy sencillo: salimos de un pueblo, bajamos hacia la costa por la ladera este por caminos sombríos de tierra o piedra, cruzamos un arroyo, subimos la ladera oeste y arriba llegamos a otra localidad… y así hasta siete veces.
Desde el cruce caminamos por carretera, pasamos bajo la A-8, bordeamos el polígono de Valdredo y entramos en Albuerne. Tras dejar atrás una pequeña ermita, descendimos por una empinada senda para vadear con precaución el arroyo de Lindebarcas. Afrontamos la correspondiente subida hasta Novellana, donde aprovechamos un bar cercano a la iglesia de Santiago para hacer una parada y tomar un café.
Retomamos el camino por un tramo boscoso, cruzamos el reguero del Prao Llagón e iniciamos el ascenso hacia Castañeras. Desde aquí tomamos el desvío indicado hacia los miradores de la playa de Gavieiru, popularmente conocida como la Playa del Silencio, un entorno espectacular integrado en el Paisaje Protegido de la Costa Occidental. De regreso a la ruta, avanzamos entre la vegetación habitual y algunos sorprendentes bambús antes de iniciar un nuevo descenso hacia el arroyo del Cándano, antesala de la subida a Santa Marina. Cruzamos esta localidad por la nacional para encadenar la siguiente ballota: bajada al barranco, vadeo del arroyo de San Roque y nueva subida hacia Ballota.
Atravesamos el pueblo pasando junto a Casa Fernando y lo abandonamos por una pista a la derecha que conduce al río Cabo. Antes de cruzar el puente —que marca el límite con el concejo de Valdés—, bajamos a la playa del río Cabo, un mirador excepcional sobre los acantilados donde coincidimos de nuevo con Annouk, la holandesa que «pasea» por la playa. Tras regresar al puente y superar un duro repecho, alcanzamos las casas y el apeadero de Tablizo.
Un nuevo descenso nos llevó al arroyo Busmarzo, ofreciendo buenas vistas sobre los cantiles y la playa de Tablizo. Superado el reguero, afrontamos otra subida hacia Ribón, desde donde ya divisábamos perfectamente la punta del Cuerno, lugar donde se asientan el Campo de la Garita y la famosa ermita de la Virgen de la Regalina, que visitaríamos por la tarde. Finalmente, tras un cómodo tramo entre las primeras casas de Cadavedo que nos permitió disfrutar de una preciosa muestra de hórreos, paneras y viviendas de indianos, dimos por concluida la ruta al llegar a nuestro alojamiento, situado unos cientos de metros antes del centro del pueblo. En la comida encontramos a Daniel y Manuel, dos canarios, que corroboran nuestra apreciación de la etapa.
En resumen: una etapa espectacular, bonita a rabiar y de una gran exigencia física debido al constante sube y baja de sus siete ballotas. Una jornada rompepiernas de pura costa asturiana que nos ha regalado la magia de la Playa del Silencio, reencuentros entrañables en el camino y un final inmejorable rodeados de hórreos y la silueta de la Regalina
Después de todo este bajar y subir, nuestros pies han dibujado esta línea en el mapa.
Por la tarde nos acercamos a la Ermita de La Regalina y los miradores sobre el Cantábrico. Un paseo muy bonito y agradable. Lo peor los trabajadores que estaban en la ermita (al parecer se hacen muchas bodas, la ermita es pequeña, el personal no es muy cuidadoso, quizás la amenaza de tormenta…) en fin que tenían una mala tarde y nos fuimos rápidamente.